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Cadena Suelta


Hoy desperté pensando en ella, ¿Habrá muerto?

-No seas idiota, me repetí varias veces antes de levantarme.

Tomado el ultimo sorbo de café, lo sentí.
Un amargor recorría mi estomago, un sentir visceral, el recuerdo somnoliente
permanecía.

-No es nada, pensé.

Tomé el bus, las correrías del día empezaban.
Tomó mi mano, me jaló con fuerza, sus dedos eran tan delgados como los hilos que yo recordaba y su pelo rubio desprendía el mismo olor que la ultima vez que le abrace.

-Ven aquí, ven conmigo, ven!, creí que decía, sin oírlo lo creí, tal como uno lo cree de los sueños, tal como uno cree que debe partir.

La sirena de una muerte anunciada corría empedernida, mientras yo permanecía en el atasco, en el asco, en la náusea de un recuerdo.
Mire a mi alrededor, la gente se sentía, no existía, a excepción quizá del ladronzuelo que hurgaba en mis bolsillo o quizá solo era la picardía de encontrar su fortuna allí. Le deje, porque poco o nada iba a encontrar en el bolsillo, en el solo guardo papeles o rastros de otros tiempos, si acaso unas monedas. Para mi tortura, tomo un papelito notablemente rasgado, era un ticket, la entrada a la casa rosada.
De un solo manotazo le quité papelito, para mi sorpresa con la misma destreza el jaló el gatillo.

Yo miraba la ventana, la amargura brotaba del agujero por cada gota de sangre que salpicaba el asiento, mis manos estaban sueltas por completo y el papelito en el suelo, era solo un recuerdo tal como cualquier otro, tal como el primer beso, la primera caída, un hueso roto, la torta mas dulce de cumpleaños, tan solo era.
La muerte se aproximaba, era inexorable para mi ese hecho, se oía el golpeteo de su compás, entonces sentí que se detuvo frente a mi. Supuse que como ultimo acto de gallardía debía enfrentar a la muerte y mirarle a los ojos.

Mariana Moncada había aparecido tal como me obligaba a recordarla, en la niebla de la somnolencia tomándome de la mano.
Se encontraba dos asientos atrás, no gritó como el resto de la gente, llevaba unos audifonos ensordecedores, quizá oía Doherty o Paéz, se alertó por la frenada repentina, vio como la gente salia a borbotones por las pequeñas puertas del bus circular,al igual que el pilluelo que se perdía entre el resto, mientras, sentada ella se preguntaba ¿Por qué tanto alboroto? Cuando no hubo mas nadie se paró, tomó su bolso y se aproximo hacia mi, con la prevención de un gato que aún no esta seguro de lo que es su presa, vio mi hoyo en el costado, pensó:

- Ha muerto.

Con la misma serenidad con la que se había levantado, tomo mi mano e intento levantarme, no sabría nunca, si era porque ella aún mantenía mi recuerdo o simplemente por darle dignidad a este hombre. 

PD: Esta historia ya nunca tendrá fin, entonces es mejor entregarla así: medio viva o medio muerta.


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